A tu recuerdo

Entre los muchos sentimientos que aparecen en las fechas donde se recuerda a la amistad y al amor, creo que uno de los más complicados es el que te produce el recuerdo  que deja la partida definitiva de las personas a las que hemos amado. Hoy, de un momento a otro e inevitablemente, te sentaste en mi mente a mirarme, así que te hablaré un poquito.

Aunque pienso que había mucho más que cariño entre nosotros, lo que hubo se acabó; según tú porque yo quería una persona perfecta. Según yo, porque no podía confiar más en ti. Ahora sé que si hubiera advertido que te ibas a ir tan joven te hubiera acompañado en más de tus locuras, y ya no te habría fastidiado con que te cuidaras, con que estudies,  conque deberías leer más, con que no te expongas al peligro, con que seas cada día mejor persona, con que… con que…

Es imposible olvidar aquel domingo de marzo, cuando al llegar a casa, mi madre y mi hermana me comunicaron, entre lágrimas,  de la llamada que un familiar tuyo hizo informando de tu estado de gravedad y del hospital donde te encontrabas. Cuando estuve frente a ti, no supe qué decirte. Era irreal para mí verte así, yéndote. Recordé que hacía poco tiempo me ayudaste en uno de mis ataques de ansiedad. Y sí, debo confesarte que cuando vi el lugar donde trabajabas entré con la ilusión de encontrarte y me sentí tan feliz cuando oí tu voz llamándome. No podías dejar tus labores, pero tus palabras exactas (las que quizás hoy necesito) me hicieron mucho bien.

Mirándote tan frágil, las palabras se escaparon de mi boca. Quise darte ánimo. Quise orar por ti. Creo que simplemente te pedí que lucharas y me despedí con la promesa de regresar pronto a ver cómo te recuperabas, pero fue imposible. No lloré. No pude. Hasta aquel día en que te soñé mostrándome el bello lugar donde ahora te encuentras.

Aprendimos mucho juntos. Llegamos a ser verdaderos amigos, amantes y cómplices cuando fue necesario. Reconozco que hiciste mucho por mí y aunque podrías juzgar mis actitudes, considero que mis intenciones nunca fueron que la pasaras mal, ni en la vida ni a mi lado.  

Por todo, por mucho, hoy te dedico este 14 de febrero, pues, aunque te hayas ido de este mundo, vives, ineludiblemente,  en un rinconcito de mi corazón. Hablamos.

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Educación espiritual

A pesar de profesar la religión católica, el conocer las ideas de otras religiones siempre me ha seducido. Desde muy niño fui conducido a respetar, amar,  y sobre todo a no contradecir las enseñanzas y exigencias de la religión católica: Dios es perfecto, poderoso y nosotros somos criaturas inferiores. Y es por eso que a veces, como me enseñaron, en momentos de oración me sorprendía diciéndole a Dios lo malo, lo insignificante, lo poca cosa, lo pecador, que era.

Sin embargo, tuvieron que pasar más de cuarenta años para darme cuenta de que más que orar, mi comunicación con Dios era la expresión de un interior que se estaba obscureciendo con ideas aprendidas que eran un cuchillo contra mi autoestima, mi tranquilidad y bienestar espiritual.

Hace unos días, de manera fortuita, me encontré con un texto de Osho que me conmovió. Lo encontré en un libro del argentino Jorge Bucay (Cuentos clásicos para conocerte mejor) Este texto habla de Buda. ¿Quién es él? Creo que para muchas personas no pasa de ser  un simple adorno o un amuleto que se colocaba en las casas con la creencia de atraer la abundancia, sin embargo, ahora sé que Buda es un nombre honorífico con contenido religioso que se aplica a quien ha logrado un completo despertar, iluminación espiritual o tranquilidad mental, luego, claro de trascender de apetitos, deseos y  sentimientos de aversión, entre otras cosas.

Como dicen, nada es casual y todo llega a su debido momento. Es por eso que considero que debo compartir este texto. Alguien que lo necesite lo leerá. En algún momento le llegará a alguien que también fue  ‘desnutrido’ espiritualmente con la perniciosa idea de que simplemente somos una creación inferior e imperfecta.

SALUDO AL BUDA QUE HAY EN TI

Tú eres perfecto así como eres, aunque no seas consciente de ello. No es tu mérito, nadie puede ser otra cosa. No es algo que con suerte, tiene que suceder en el futuro… ya ha sucedido. Una sincera confrontación contigo mismo te revelará tu estado de perfección.

Ya sé que puede parecer presuntuoso, y que por eso te resistirás a confiar en ello totalmente. Es natural. Pero permite que esta idea se deposite en ti como una semilla y en torno a ella comenzarán a suceder muchas cosas que te demostrarán esta verdad. Eres perfecto y nada te falta, solo precisas un poco más de consciencia, una pequeña lámpara que ilumine tu mente.

Todo este reino es para ti, sólo tienes que reclamarlo. Pero no puedes reclamarlo, no puedes ni siquiera soñar con reclamarlo, si crees que eres un mendigo. Una vez que la oscuridad desaparezca dejarás de ser un mendigo, y serás un Buda, un soberano, un emperador.

Esa idea de que eres un mendigo, de que eres ignorante, de que eres un pecador, de que no mereces lo que tienes se te ha repetido tantas veces que se ha convertido para ti, en una profunda hipnosis y esa hipnosis debe ser desbaratada

Permite que tu corazón lo sepa: nada está mal en ti, y por eso todo está bien si nada pretendes cambiar, porque más allá de tus creencias, tú eres un dios en proceso, un ser divino que está empezando a desarrollarse.

Ilusión

A todos nos llega el amor. Tarde o temprano. Chicos o grandes. Flacos o gordos. A todos nos llega el amor, pero a todos, también, muchas veces, se nos va.

Personalmente, el amor me encanta en los primeros meses. En aquellos días en que, desde antes de abrir los ojos, ya tenemos tatuada una sonrisa indestructible en los labios y un hormigueo que recorre nuestro cuerpo asentándose  como un delicioso golpe en el estómago. 

Y, a riesgo de parecer dramático, considero también una etapa extrañamente hermosa a aquella en la que, a quien consideramos la otra parte de nuestra alma, espera la menor oportunidad para salir huyendo de nuestras vidas por causa del exceso de miel (o hiel) en la que hemos embadurnado lo que consideramos una ‘relación estable’.

El punto es que, justo en ese momento, en plena separación,  cuando nos sentimos solos, abandonados, en desgracia, tratando de retener con uñas, dientes, lágrimas, mocos y suspiros a quien desdeña todo lo que pueda generarles un recuerdo de nuestra existencia; fluye desde lo más oscuro de nuestro ser lo que podríamos llamar ‘espíritu poético-romántico’ y nos hace pensar, y nos hace sentir, y, hasta, en secreto,  nos hace crear.

En un momento parecido al descrito anteriormente  escribí lo que algunos se rehusarán en llamar poema:

ilusion

Y bien, no pude retener a nadie con este poema, pero me quedó -visto con el  cristal del tiempo transcurrido- el gustazo de haber sentido, de haber sufrido, de haber amado, en fin… de haber vivido.

¿ESPELUZANTE?

Este es mi primer post. Siempre he deseado escribir ‘algo’. Algo interesante. Textos que fuercen a mis posibles lectores a no poder cerrar ni los ojos ni la boca.  Sin embargo, el miedo al ridículo, el miedo a no gustar, a escribir sobre temas no trascendentes e interesantes o el sentimiento de no hacerlo bien, siempre me han detenido.

Cuando me propongo a escribir recuerdo dos momentos en mi vida: uno alegre y repetitivo. El primero es el leerle a mi madre las composiciones que redactaba en la escuela primaria o secundaria y que me parecían tan bien hechas, pues las encontraba musicales y coherentes (aún sin saber qué significaba eso de la coherencia). El segundo recuerdo no es grato: una tarde me senté frente a la máquina de escribir dispuesto, según yo, a escribir nada menos que una novela. Mis dedos se paseaban frente a las duras e incómodas teclas de la máquina y por más que esforzaba mi mente para iniciarla no salía nada. Después de  algún esfuerzo pude escribir: “Era una noche espeluzante” y luego entré en un estado de -podría llamarse- sequía creativa infantil.

Mi padre que me tenía prohibido, entre sus muchas prohibiciones, utilizar SU máquina de escribir estaba pronto a llegar del trabajo, así que como no pude avanzar mucho con mi ‘proyecto literario’ decidí, algo frustrado y molesto, teclear con fuerza todas las teclas sobre la página y así no extraerla casi vacía y esconderla donde la fuerza del olvido la desintegre con el tiempo.

Los días pasaron. Nunca imaginé que aquella apocada página que escondí, (no porque alguien  leyera mi brevísimo inicio literario; sino para que no quede huella del uso del prohibido artilugio),  fuera a dar frente a frente a los ojos de mi padre, en sus casi habituales domingos de ordenar la casa.

Él, que se cargaba un genio de temer (certificado por amigos, familiares, vecinos y por mí, principalmente), con un grito me llamó a su lado para interrogarme sobre quién había utilizado su preciado bien. Y aunque, reconozco que la valentía, el honor de decir la verdad y todos los valores que nos inculcan desde niños me abandonaron en ese preciso instante, así que tuve que mentir y aferrarme lo mejor que pude del primer nombre que se me ocurrió.

Aunque no era su estilo, esa mañana dominical no me castigó físicamente, me recriminó sí por permitir que alguien, sin su permiso, utilice las cosas de la casa. Luego se acercó a mi madre y enseñándole el papel y con una sonrisa sarcástica expresó: “espeluzante… ni escribir bien sabe”. Aunque mi padre nunca lo supo, ni creo que lo sepa, fue mi primer crítico literario. Y arrugó junto al papel mis ganas de escribir.

En estas páginas, trataré de alisar el papel y mis ansias por escribir. ¿Sobre qué escribiré? Realmente no lo sé. A lo mejor de todo. A lo mejor de nada. De todas formas, después de mucho tiempo y algunas terapias,  ahora he comprendido que la noche espeluznante ya acabó.